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TOCARME

Actualizado: jul 28

Mi mamá dice que el amor de pareja es una ilusión, que no existe en realidad. Yo le pregunté que si el amor de madre e hija era también una ilusión, y ella contestó: “Sí, también”. Sobre lo segundo prefiero no profundizar, no estoy preparada aún. Sobre lo primero: mamá y yo tenemos un chiste interno sobre la palabra "enamoramiento". Decimos que la palabra significa en realidad en-amor-yo-miento. A todos los hombres que he amado les he dicho algo parecido a esto: “Siento que contigo soy más feliz. No quiero que te vayas; quédate, y ojalá para siempre”. Prometo que cuando les dije estas palabras, las dije porque sentía que era así. Después, por razones diferentes, no logré sostener mis palabras en el tiempo ni en las sábanas. Me volvía a enamorar y se repetía la historia y el discurso. Cuando se tienen varios amores se empieza a notar el libreto: me repito, me olvido y me vuelvo a repetir.

Esto me hace pensar en lo difícil que es mantener una posición y en lo lejos que estoy de ser coherente al enunciado “para siempre”. Me acuerdo de las parejas que esperan hasta el matrimonio para tener relaciones sexuales… Pienso: “¿Qué tal que cuando se casen y lo hagan, no haya conexión?”, ¿O que no se cumplan las expectativas que cada quién tenga sobre tamaños, sabores y olores?, ¿O qué tal que alguno sea precoz? Una parte de mí, una bien altruista, dice: “Si la cosa no funciona, seguro podrán resolverlo juntos. Qué necesidad de escapar de todo lo que no nos gusta, estaría bueno aprender a resolver problemas en lugar de evitarlos”. Aunque exista una voz compresiva en mi interior, me permito confesar que mi voz rebelde suena más fuerte, por ende conquista mi actuar habitual. Yo no sabría cómo esperar hasta el matrimonio… (ni yo, ni mis conocidas cristianas). En este punto me detengo a preguntar: cuál es la necesidad de parecer puras y castas si en el sótano de nuestros recintos estamos tirando a hurtadillas. ¿Por qué cargar con una palabra que no se puede sostener? No lo pregunto con juicio de valor sino con morbo antropológico. Algunas amigas creyentes me han dicho que el hecho de que ése sea el ideal, no quiere decir que lo puedan hacer… que al final del día el demonio logra hacerlas caer en tentación. Yo respondo: “Si vas a caer en la tentación de todas formas, ¿no sería mejor hacerlo sin culpa?". Cuando yo creía fervientemente en que Dios me estaba viendo cuando me masturbaba, me imaginaba su cara de: “Qué niña tan terrible, niña mala, esta mujer se va para el infierno”, me lo imaginaba anotando mi nombre en una libreta negra. No estoy cien por ciento segura de por qué, pero de verdad, intentaba no masturbarme, y si lo hacía, me arrodillaba llorando y oraba: “Dios, Padre todopoderoso, perdoname. He caído en la tentación, lo he hecho con mi almohada otra vez, qué vergüenza, perdón”

Me gusta hablar de sexo abiertamente, me gusta hacerlo porque siento placer en esculcar, esculcarme, esculcarlo todo. Me gusta tocarme: tocar mi cuerpo para reconocerlo, para saber lo que me gusta y lo que no. Tocarme: tocar mis creencias, cuestionarlas y transformarlas. Tocarme: tocar mi alma, apapacharla y dejarla fluir sin muchos referentes. Tocarme: a veces con miedo, pero constante, para así poder decirle a los demás cómo me gusta que me toquen... A ver si algún día logro decir: “Hoy te amo, no sé mañana. No quiero, ni debo comprometerme a más”. Tocarme porque soy curiosa, como Eva, y este “paraíso” en el que vivo no me convence del todo.

Cordialmente, Alejandra Chamorro.

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