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PornoSUMISA

Actualizado: 15 de abr de 2018

Estábamos en su cama viendo una película de acción. De repente, él paró la peli y puso otra: una pornográfica. Me sorprendí y le confesé que ese tipo de “cine” no me gustaba mucho. Él preguntó: “¿Cómo haces entonces para masturbarte?”. Le dije: “No sé, uso la imaginación. El porno no me excita tanto, pero dale, de pronto esta vez es diferente”. Comenzamos entonces a verla. Mientras “el plomero” intentaba destapar la cañería en la historia del televisor, yo intentaba excitarme. No lo lograba, no podía concentrarme: ese “plomero” la tenía muy grande, me daba angustia sólo de verlo; mi chico por el contrario, estaba muy excitado. Su cara se desfiguraba cada vez más, ¡ya no lo reconocía! Con los gritos de Esperanza Gomez como fondo: “¡Jueputa, qué rico!”, comenzamos nuestra faena. Él, adentro mío, tiraba fuerte de mi cabello y me preguntaba estrellando sus dientes: “¿Te duele, cierto?”. Yo le respondía sumisa: “Sí, me duele. ¡Jueputa, qué rico!”, intentando imitar a la protagonista del televisor. Debo confesar que: ni me dolía, ni me parecía rico pero yo estaba decidida a enamorarlo. Él tenía en sus ojos lo que yo venía buscando desde hace tiempo. Llevábamos tres semanas saliendo: casi todos los días desayunábamos juntos, yo le cocinaba sin talento y él comía sin quejarse; las noches las usábamos para hablar de la vida, tomar cerveza, y hacer el amor.


Al otro día de la noche porno, decidimos subir a la montaña. Era su primera vez, yo ya había subido muchas veces, nunca sola, siempre con amigos. Escalamos en silencio dejando que la naturaleza hablará por nosotros. Llegamos a un punto donde había que tomar una decisión: ¿A la derecha o a la izquierda? Nunca había subido sola y no recordaba hacia dónde girar, tampoco había nadie más a quién preguntarle. Me decidí por la derecha y me equivoqué. Llegamos a otro lado de la montaña totalmente diferente: más salvaje, solitario, y con una atmósfera de peligro. Con mucha risa le conté que estábamos perdidos. Él se rió también. Era el lugar perfecto para tener relaciones, ¿no? ¡Un lugar público e inseguro! Me acerqué divertida y le di un beso. Él lo correspondió, y me cogió las nalgas con fuerza. Yo me decidí y respirando fuerte me quité la camisa. Él se alejó y me dijo con desaprobación: “¿Qué haces? No, no”. Me pregunté en silencio: “¿Para qué ve tanta película porno entonces?”. Le dije con cara de diabla: “Hagámoslo aquí”. Él se negó. Aunque estaba molesta y caliente, me puse la camisa fingiendo ser toda una señorita. Con él perdí, digo, duré tres meses de novia.

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