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LLUVIA

Actualizado: 16 de dic de 2017

Estábamos los tres: Ella, mi mejor amiga desde hace seis años; él, su novio estable de esa temporada, y yo, a vísperas de un viaje. La ocasión de nuestro encuentro en ese pequeño bar de Bogotá, le hacia homenaje a mi despedida: yo iba a regresar por un tiempo indefinido a la tierra que me vio nacer. Al ritmo de la lluvia nos hicimos preguntas importantes, nos contamos nuevas historias, recontamos otras del pasado e inventamos algunas mas para no dejar morir la noche. Él se paró para ir al baño, creo que se fue por cinco minutos. Solas las dos, en esa mesa, en silencio confirmábamos, entre sonrisas y ojos lluviosos, nuestra amistad. De repente, ella se me acercó girando su delgado y blanco rostro, parecía que me iba a dar un beso. Yo me quedé quieta. Se acercó lentamente, hasta que llegó a mi boca. Desde el primer segundo en que sus labios se conocieron con los míos, el tiempo se extendió. Por ella sentía amor de verdad: ella sabía de mi vida lo más importante, los más superficial, los sucesos que me marcaron, conocía casi todo. Nos besamos. Era divertido, excitante y preocupante. Me preguntaba: “¿Si el novio llega y nos ve, qué vamos a decirle?, ¿las otras personas a nuestro alrededor estarán viendo esto?, ¿qué estamos haciendo?”. Fue un beso delicado, dulce y muy largo. Nunca había sentido una lengua tan tierna como la suya. Humedecí. Yo no quería parar, pero me daba miedo que su novio nos descubriera besándonos. Terminé con tres tímidos picos. Nos separamos por completo y nos miramos. Reímos amigable e inteligentemente para quitarle lugar al delgado silencio que reinaba entre las dos.

Paró de llover. Llegó su novio a la mesa. Miradas entre los tres. Yo lo detallaba a él, intentado encontrar en sus expresiones, pistas que me ayudaran a deducir si él había visto algo. Sus expresiones no me revelaban nada. Mi amiga, la mejor actriz de la noche, tanto así que dudé, entre que si el beso había sido real, o era un deseo reprimido que yo tenía y me lo había imaginado todo. Se acabó el dinero y con ello las cervezas. Después de esa noche, muchas veces más he vuelto a ver a mi amiga, pero nunca hemos hablado de lo que pasó, -si es que pasó- Yo prefiero así. Fingir demencia para olvidar.

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