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LA FOGATA

Actualizado: 16 de dic de 2017

A la altura del piso treinta y dos, en un bar, estábamos "el experto", unos cocteles discretos jugando como compañía y yo: Gin-Tonic para él, Mojito para mí. Desde cualquier punto del alto lugar se podía admirar la increíble vista del centro y el occidente de la cuidad. Abajo, las luces rojas y blancas de los autos capitalinos; arriba, las estrellas jugando a las escondidas como siempre, y en frente mío, Él, ¡veintidós años mayor que yo! La diferencia de edad era muy evidente, sobre todo por mi apariencia física de adolescente. Cuando entramos a ese bar, le rogué a Dios que no me pidieran la cédula; yo era mayor de edad pero iba a ser muy incómodo. ¡Extrañamente no lo hicieron! Tal vez por los tacones, y el delineador negro que me propuse esa noche. Las miradas del público no disimulaban, se leía en sus expresiones: ¿"Será el Papá? ¡Debe serlo!". Él no parecía incómodo con la situación, su actitud era tranquila y divertida. Yo me sentía rara. Pasaron tres cocteles y algunos cigarros más hasta que él sugirió irnos a su apartamento. Llegamos. Un espacio clásico: los muebles eran antiguos, pero muy bien conservados. En el centro de la sala había una chimenea que llamó mi atención. Con la seguridad que ganan la mayoría de hombres después de muchas vueltas al sol, me ofreció "un whiskicito". Acepté encantada. Ya en privado y sin buitres cerca, nos besamos hasta que subió la temperatura. Tenía curiosidad por conocer su miembro, me preguntaba si este envejecía también con los años. Pues no, era igual a los otros que ya conocía, ¡un primo más! Su cola por el contrario, le hacia homenaje a su edad y a la gravedad de la tierra. Yo tenía poca y mala experiencia sexual. -No había tenido un orgasmo nunca- Al calor de la fogata lo hicimos. Fue extraño: rápido y brusco. No me vine. Qué lástima. Mientras "el experto" me besaba la espalda suavemente con intención de repetir nuestro acto previo, yo miraba embelesada el fuego majestuoso que iluminaba nuestros cuerpos. Entonces recordé a mi padre y a su ausencia permanente en mi vida y se me aguaron los ojos. Por suerte, "el experto" no podía desde su ángulo ver mi cara. Traté de engañar a mi mente pensando en otras cosas... no funcionó. Repentinamente llegó una picada a mi corazón y ¡empecé a llorar! Lloré con desesperación. Él, sorprendido, confundido y con algo de miedo preguntó: "¿No me digas que era tu primera vez?". No lo era, pero ¿qué más podía decirle?, ¿qué él me había recordado a mi ausente padre? Me sequé las lágrimas y mentí: "Sí, mi primera vez". Se levantó serio y se sirvió "otro whiskicito". Pasaron tres minutos en silencio. Él renegaba culpable tomando de su trago. Lo único menos incómodo y más sensato que yo podía hacer, era irme. Él intentó retenerme pero, era evidente que los dos queríamos la ausencia del otro.

Fue nuestra primera y única cita.

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