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EL INGRATO

Actualizado: 16 de dic de 2017

Habíamos terminado hace un mes y no nos habíamos visto en ese tiempo. ¡Yo seguía enamorada de él!.

Jueves en la noche: estaba con unos amigos en un bar, cerca a su casa. Ya había borrado su número de celular, pero aún lo tenía en Facebook. ¡No aguanté! y empecé: “Hola”. El chat mostraba que hace cinco minutos él había estado en línea. Guardé el celular y fingí a mí misma que no estaba esperando la respuesta. Vibró el celular. “¡Debe ser él!”, eso quería. “Hola tú”, respondió. Debía esperar, no responder rápido… Actuar tranquilidad. No pude y le pregunté: “¿Qué haces?, yo ando cerca a tu casa”. Chateamos por un rato, diez minutos tal vez. No sé cómo, pero a pesar de su resistencia, lo convencí de que era una buena idea vernos un minuto. Le juré que solo iba a pasar en el taxi, nos saludábamos en su portería y me iba en el mismo taxi. Mentiras. Yo ya me había imaginado toda la noche: hacerle el amor, hacérselo como nunca. Mi mejor esfuerzo. Así él recordaría nuestra conexión… O tal vez lloraríamos un rato, y volveríamos. Eso quería yo.

Mi dignidad se quedó esa noche en el bar mientras me dirigía a él con la inocente y desesperada idea de que algo lindo iba a pasar. “Paré aquí señor, ya regreso… O tal vez no”, me reí. El taxi paró y me sonrió cómplice. Sudando llegué a la portería y me anuncié. Él portero no me recordó; me dolió, siempre fui amable con él. “Que ya baja”, dijo serio el ingrato ese. Mientras el ascensor me daba chance de salir corriendo, mi necesidad de pertenecerle me retenía. Se abrió la puerta del ascensor. Yo, súper arreglada. Él, en pijama. Salió cojeando de su pierna derecha, me extrañé por eso. Nos abrazamos por cuatro largos segundos. Él se separó y con una sonrisa me indicó que nos sentaremos en el sofá de la portería. Él se sentó en un extremo. Yo en el otro extremo del sofá. -Frío entre los dos- Respondimos las tres preguntas más populares: ¿Qué más, qué has hecho, y qué más? Adicional le pregunté por su pierna; no le había pasado nada grave, un pequeño accidente en yoga. ¿Ahora hace yoga? ¿Por qué esperan a terminar con uno para empezar planes chéveres? Lo veía… Ahí sentado con sus ojitos de lucero. No me aguanté y me hice camino por la pila de cojines que nos separaban; me recosté en su hombro derecho, lo abrace fuerte y le dije: “¡Te extraño mucho!”. ¿Mi corazón?, a mil. ¿Él?, en afilado silencio. Para romper el hielo, le pregunté si se había afeitado. Su mano salto en automático hacia mi oreja izquierda y me acarició suavemente por unos segundos, -como lo hacía antes- Se arrepintió y devolvió su mano casi a la fuerza. Mirando hacia la puerta del edificio, dijo: ”Bueno...” acto seguido me miró con un poco de pesar; hasta el ingrato del portero se dio cuenta. En ese momento llegó mi dignidad a recogerme en la portería; quitándole importancia a la situación, dije: “Ya me voy, ¿viste que solo era para saludarte?”. Fue mi peor actuación. Nos abrazamos por dos cortos segundos. Me fui llorando al taxi. Claro, después de salir del edificio. Esa noche lo único que abracé fue mi desesperación, soledad, y la certeza de que todo había acabado entre solos dos.

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