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CAJA NEGRA

La ocasión del encuentro era que estábamos cumpliendo seis meses de novios. Nos gustaba celebrar esas fechas especiales rentando cada vez que podíamos una habitación barata en el centro de la ciudad. Nuestra diminuta pieza incluía en su interior un camarote sencillo, un ventilador mediano sostenido por dos pares de tornillos, y un cuadro colgado sobre la pared principal, en el lienzo de este se podía ver a dos caballos correr libres por un prado verde. No había armario, ni baño, y por supuesto, no había dignidad. Nuestra relación sexualmente hablando era una relación de extrema derecha: siempre teníamos la misma posición, y después de consumar el acto lavábamos con agua bendita las pruebas del pecado.


Esa tarde mientras el sol huía de la luna nosotros luchábamos contra la lujuria en la guardilla del lugar: en la parte de arriba sobre mi cuerpo desnudo, el muchacho intentaba con ánimo entrar por el espinoso camino del cielo, y en la parte de abajo sobre una sábana color vergüenza, yacía una vaca muerta, o sea yo. Solía pensar que “las hijas de Dios” no debían lubricar y que si mi hostia se mojaba era porque lo estaba disfrutando, y eso, eso no le gustaba al Señor. Según mi lógica yo debía estar seca antes de cualquier penetración, y si me dolía mejor… El dolor demostraba sacrificio.


Parte del ritual era quedarme quieta y dejar que él lo hiciera todo, desmaquillar cualquier cara desfigurada de placer, y anclar mis caderas a la culpa, pero esa tarde decembrina no había alfiler que pudiera entrar a mi fruto seco, me dolía más de lo habitual. Poseída por los gritos de mi sangre paré la violación y supliqué por un poco de aceite, él aceptó y con ímpetu ahogó su miembro en óleo divino. Empezamos la eucaristía. Le dimos sin mente como las barbies, teníamos que aprovechar que no había cover ni vigilantes. Parecía como si el muchacho pudiera patinar en mis adentros, era sospecho la forma en que podíamos exprimir nuestras uvas y hacer vino blanco; lo efímero del movimiento hacía que no se alcanzara a percibir la tercera dimensión del compañero circuncidado. En un momento su Gasparín hizo una pirueta peligrosa y atravesó la pared equivocada, se resbaló. Dios se dio cuenta, él se dio cuenta y yo me di cuenta, era un hecho: había entrado por detrás. Rayos. Él paró súbitamente de moverse y yo paré de respirar. Quedé suspendida por el dolor como cuando los bebés lloran tan profundo que ni respiran, así. A él lo veía desenfocado mientras la puerta de mi infierno empezaba a dilatarse: ay que dolor, que dolor, qué pena. Dicen que cuando te vas a morir puedes ver toda tu vida en un segundo, y aunque yo sentía que estaba atravesando el túnel hacia el otro lado, no vi nada… Solo podía vislumbrar el cuadro de los caballos. El muchacho me pedía perdón mientras soplaba las velas de mis pestañas, pero yo no respondía. -Así de exagerado es el dolor de la culpa-. De repente pude someter un tímido grito al aire y mi alma fue regresando a la pieza del motel, volví y lloré.


Lloré como cuando nací.


A veces hay que abrir la caja negra del alma para ver que te estás muriendo sin haber vivido. Yo no era libre, yo no disfrutaba nada, yo no corría por prados verdes… Yo fingía. Y como dice Jhon Lennon: “Vivir es fácil con los ojos cerrados”.

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