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AGUACATE


Fue un viernes. Llovió todo el día en la ciudad. Él no tenía sombrilla, yo sí. Ambos estábamos solos y húmedos. El susodicho medía 1.75 de estatura, pesaba 75 kilos, y en el acto sexual duraba 75 segundos. Contados, lo juro. Un hombre tipo aguacate: rico, nutritivo, pero con el mismo problema de su tocayo: después de abierto dura muy poco. Me di cuenta que él terminó de hacer lo suyo porque empezó a darme tiernos besos en la frente, “oh, estas cosas sí pasan”, pensé. Me dio risa nerviosa pero la contuve al notar la tranquilidad con la que él asumió su breve participación en mis adentros. No quise hablarle del tema en ese momento, no por vergüenza sino por sospecha. ¿Era yo acaso la testigo presencial de algo más rápido que la luz?


Otro día, segundo intento: nuestras caderas juntas y libres de vestiduras hicieron un sostenido “Heeee Macarena”, acto seguido, él soltó un grito enano, agudo como un violín, respiró fuerte como tigre, levantó su rostro y me regaló una tierna mirada. Enternecí. Después estremecí al darme cuenta que había terminado el baile. Ni siquiera alcancé a cantar “Dale a tu cuerpo alegría y cosa buena”. Qué miserable, tacaño, escaso, efímero y grosero intento de sexo. Se demoraba más poniéndose la capa de protección que quitándosela. Tampoco le dije nada… Es que se le veía tan feliz y tranquilo con su precoz presentación que sentí compasión. Después de todo, ¿qué culpa tiene la estrella de ser fugaz?


Tomé la experiencia como un reto personal y reté a mi colega de abajo diciéndole: “si este hombre puede venirse en 75 segundos, pues nosotras nos vamos a tener que venir antes”. Cada encuentro era una carrera entre los dos: nuestros cuerpos secos corrían por caminos sin peajes, sin tiendas de paso y sin ocaso. Mi intento por ganar lo estimulaba más… El hombre aguacate se superaba a sí mismo y rompía su propio récord. Qué competitivo era, medalla de oro para él. La ausencia del sentido menos común me sigue persiguiendo a donde voy, el descarado preguntaba: “¿Llegaste, cierto? ¡Por Dios!, tuve que dialogar con mi compañera de lucha varias veces, le juré que la situación a la que la estaba sometiendo era temporal y que ya vendría la justicia por nosotras.


No estoy segura si fue imaginación o supervivencia porque se parecen mucho… pero después de un par de encuentros logré venirme antes que él, y eso empezó a gustarme. Nos quedaba mucho tiempo para arruncharnos en trofeos sin esfuerzo; nos contábamos historias sin guardias y con olor a filigrana; él era bueno hablando en blanco y negro y yo era capaz de escuchar a color. Yo me perdía en sus sueños y a veces, vislumbraba retazos de un futuro juntos. Me gustaría que eso fuera suficiente, -antes cuando no pensaba en mí, lo era-. Así como el corazón necesita más que palabras bonitas para latir, mi compañera de abajo necesita más acción que ideales para su revolución. Siempre me pregunté cómo le iba a decir: “Oye, no sé si lo sabías, pero… eres precoz cariño, y bueno, posiblemente no lo puedas solucionar nunca, entonces… sería mejor dejar de vernos”. Yo no tenía el carácter para hacerlo. A veces prefiero seguir fingiendo que todo está bien, primero porque es más fácil y segundo, porque cuando me sacrifico me da la impresión de ser una buena persona. Por fortuna el “destino” nos separó. La despedida en el aeropuerto duró más que la suma de todos los encuentros consumados. Así como con el aguacate: aunque a veces me sale dañado, yo siempre digo que es lo más perfecto que existe.


Las verdades no deberían ser absolutas y los orgasmos no deberían ser abortados.

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